domingo, 28 de mayo de 2017

LOS ASESINATOS DE LA CASA DEL BOSQUE




   Corre el año de gracia de 1713 y la guerra, al fin, ha terminado. La “sucesión” ha concluido y millones de almas en cuatro continentes ya tienen su nuevo rey. Para ello han servido estos trece últimos años…Trece, nefanda cifra trece, que el diablo maldiga. 
    A solis ortu usque ad ocasum, reza ahora en su escudo, y así es como han combatido, penado, sufrido y trabajado los españoles, para procurarle al francés Felipe V de Borbón, su nuevo reino; desde la salida del sol, hasta el ocaso.
Tras el humillante tratado de Utrech recientemente firmado, se puede decir que España ha perdido e Inglaterra, la odiada y pérfida Albión, ha ganado. Se ha perdido honra, se han perdido derechos comerciales, se han perdido Flandes, Sicilia, Milán, Cerdeña… incluso Gibraltar y Menorca, se han perdido. Mas decenas de miles de nombres faltan en esta lista. Los de los hijos que las madres han perdido combatiendo en la vieja y cansada Piel de Toro, los de las esposas que han perdido a sus maridos en  Alemania, en Italia, en Flandes, en América del Norte… los de los valientes que han devorado los mares…
La tierra, exhausta y castigada por la guerra, aún mana sangre, aún supura dolor, aún arde despacio y en las montañas, aún resuenan los ecos de los fusiles, los gritos de los cañones… mas poco a poco eso parará. Pues la paz ha llegado.
Felipe V ha visto ya treinta veranos y también está cansado. Desde siempre sufre una extraña enfermedad que sus médicos llaman “vapores melancólicos”. Cae en episodios de depresión en los que pasa de la más arrebatadora euforia al más pasmoso decaimiento. Busca el solaz del que no ha disfrutado ni un solo segundo desde que ascendiera al disputado y envenenado trono español, hace trece terribles años. Trece años a pesar de la guerra, de reformas, de leyes, de despachos, de decretos y por supuesto, de combates. Ahora ha llegado el merecido descanso y el rey cabalga hacia uno de los tradicionales cazaderos de los reyes españoles; la Casa del Bosque del Valsaín… mas ni siquiera aquí hallará el nieto del Rey Sol el descanso que ansía. Tras los largos y duros años de la guerra y tras el incendio que asoló el palacio en 1682, el cazadero ha sido abandonado por los cuidadores de la Casa Real. Cual si reyes de Castilla fueren, los lobos han hecho del otrora mimado cazadero, su propio cazadero; su morada. Su voracidad, incluso, les ha llevado a acercarse a la comitiva real y la guardia ha abierto fuego contra ellos.
En lo que queda de las castigadas salas del palacio Felipe está furioso, grita, insulta, golpea muebles con puños y pies. Cabezas gachas. Nadie quiere importunar al impetuoso rey. Ni siquiera su mano derecha, el Secretario de Estado José Patiño y Rosales, osa interponerse entre el rey y su furia. El acento francés del rey ha desaparecido y Felipe jura más y casi mejor que un arriero guipuzcoano.
-¡Quiero cazar! ¡Cazar! ¡¿Tan difícil es?! –Ojos en el suelo, silencio – ¡¡Responded cojones!! –Sí. Definitivamente el rey ha aprendido bien el vocabulario de su nueva patria.
-Entended majestad que las prioridades del reino y la guerra han hecho que estas tierras se abandonen.
-¡Que quiero cazar! Secretario de Estado. Quiero ¡¡Cazar!! Y, mi, cazadero está lleno de lobos que se comen, mis, venados y matan a, mis, jabalíes. 
-Quizá su majestad podría cazar a los lobos. Son animales fieros y nobles. –Propuso entonces Julio Alberoni otro de sus cortesanos. –Los antiguos reyes persas cazaban leones por ser el más feroz de los animales –El rey le miró con fuego en los ojos y este sintió de golpe que todos los músculos de su cuerpo se contraían cual si quisiere hacerse pequeño e incluso absorber las palabras que había dicho. La boca, ella sola se le cerró y sus labios, ellos solos se apretaron, para no permitir salir verba alguna.
-Matar, lobos. ¿decís? Don Julio ¿Acaso sugerís, que el rey de España y de las Indias torne en vulgar… lobero? ¡¡¿Acaso lo sugerís?!! –chilló de nuevo, mientras el otro, sin alzar la vista para que su furioso señor no viere que tenía los ojos cerrados, negó con la cabeza.
Al ver que entre tantos secretarios y obispos ministros y cardenales, grandes de España y demás gentes ilustres y principales nadie allí hablaba, él se atrevió a hacerlo. Su voz se escuchó desde el fondo de la sala por encima de todas las pelucas y las lujosas casacas. –Si lo ordenáis, majestad, mis hombres limpiarán de lobos estos bosques en un Amén. –Las cabezas se giraron y un pasillo de cuerpos se abrió entre el rey y el capitán de caballería de su guardia real. –Luego podemos capturar venados y jabalíes en otros lugares y repoblar de nuevo estos. 
-Excelente idea capitán y lógica por otra parte. Solo que en ella habéis mencionado un “luego” cuando lo que yo pido es un ahora.
El capitán de caballería carraspeó, inquieto, mas él era un soldado. El valor era su credo. –Vos mismo lo habéis contemplado, majestad. Esto está infectado de lobos. No habrá caza. Ahora no puede ser. 
   El capitán había contradicho al rey y el silencio cayó a plomo en la estancia. Ni el viento se escuchaba y hasta los alientos mismos se tensaron escuchando cada quién sus propios latidos. Las expectantes miradas fueron hacia Felipe V. Todos temían su aterradora reacción… la cual no aconteció. 
    -Retiraos. Todos.
    A la mañana siguiente se encontró un cadáver flotando en una poza del río Eresma, cerca de un puente que conducía a la Casa del Bosque. Los soldados lo sacaron y reconocieron con terror el rostro de su propio capitán. Le habían cosido los labios, cortado el cuello de lado a lado y su valeroso pecho se hallaba horriblemente lacerado. Quien fuere, se lo había rajado escribiendo un truculento mensaje; Hic et nunc; aquí y ahora.
    El revuelo que tal suceso ocasionó, conmocionó a la pequeña aldea de Valsaín y a toda la comitiva real, que se aposentaba en lo que quedaba del otrora espléndido palacio. Cual no podía ser de otra guisa, las sospechas del asesinato recayeron directamente sobre el joven monarca quien ordenó situar guardias en todos los caminos con la orden expresa de no dejar a nadie entrar ni salir de Valsaín y de no contar, bajo pena de muerte, lo que allí había acontecido. Tras la en todos los sentidos, costosísima guerra, nada podría serle más perjudicial, ahora que se había ganado el trono, que su nombre fuere difamado y echarse encima no solo a sus enemigos sino también a los que debieren ser sus nuevos y leales súbditos.
    María Luisa Gabriela, de la prestigiosa casa Saboya y reina de España a la sazón hablaba con su airado esposo en privado, quien iba de un lado a otro de la real alcoba cual si tigre enjaulado fuere. –Calmaos esposo. Sé que no habéis sido vos.
    -¡Pues claro que no he sido yo! ¡Ni he ordenado a nadie hacerlo!
    -Todo el mundo dice lo contrario.
    -¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé!. ¡Seguro que han sido esos putos austracistas! ¡Seguro que ahora que les he ganado la guerra han infiltrado a alguien en la corte! Solo quieren desprestigiarme y ridiculizarme. ¡Los mataré a todos! ¡A todos! ¡España es un país de correveidiles! ¡Si este suceso se propaga por el pueblo pensarán que tienen a un salvaje en lugar de rey y me odiarán! Perderé todo lo ganado en la guerra por unos ¡putos chismes! –Un florero salió volando de un puñetazo del rey.
   -Tranquilizaos esposo mío. Tranquilizaos, veréis cómo todo se solucionará. Todo lo solucionaremos. –María Luisa Gabriela, quien se casara con el futuro rey de España con catorce años, resultó ser una eficaz regente mientas su esposo se encargaba de la guerra. Era muy querida por el pueblo y muy amada, en todos los sentidos por el fogoso rey a quien en muchas ocasiones aplacaba yaciendo en el conyugal lecho. Esta vez no fue una excepción.
Una vez hubieron concluido, la reina susurraba con amor a su esposo y acariciaba su tupido cabello con cariño. –Le descubriremos, no os apesadumbréis. Vuestro nombre no será manchado. Y ahora vestíos. Tenemos que acudir a la audiencia real.
    Cuando los monarcas entraron en la antigua sala de trofeos, el más decoroso salón del arruinado palacio, toda la corte aguardaba ya allí. El silencio era sepulcral. 
    -Bien. Buenos días. Tras el luctuoso suceso acontecido ayer, habéis de saber todos que en mi real intención jamás ha estado la de acabar con la vida de mi fiel capitán de caballería. Me acompañó en multitud de terribles jornadas, luchamos codo con codo contra ingleses, portugueses, holandeses y demás austracistas. Por mucho que el otro día me contradijere, yo no tenía ningún motivo para dañar a quien tantas veces salvó mi vida y sabed que decreto una generosa pensión vitalicia para su viuda. Dicho lo cual, señor Ministro de Estado ¿Qué sabemos? 
    Don José Patiño y Rosales, con el sombrero en la mano como gente aristocrática que era, salió de entre el grupo e hizo una reverencia. –Poco por ahora majestad. He estado indagando entre sus más allegados camaradas y nadie vio nada, escuchó nada, ni sabe nada, mas continuaré con mis pesquisas, de las cuales, os tendré puntualmente informado.
    -Aceleradlas. Quiero saber qué y quien hay detrás de esto. ¿Alguien puede aportar algo más? –El rey recorrió la sala con la mirada mas solo encontró rostros temerosos y un silencio que le enojaba. ¡Abrid todos los ojos y los oídos! Quiero que esto se resuelva y tornar presto a Madrid. Para los que no lo pudieren saber, he decretado que en lo que no se aclaren estos hechos, nadie, de los presentes podrá salir de Valsaín, ni enviar ni recibir correos. Los caminos están cortados y si alguien rompiere esta mi real voluntad lo pagará con la vida.
    Un hombre con recargadas vestiduras salió pomposamente de entre el grupo y tras una no menos pomposa reverencia habló con fuerte acento francés. –Antes de que vuestga ggraciossa mayestad se dé cuenta, estagemos en alcasar de Madgit. Y estoy segugo de que vos mismo hallagéis y castigagéis al culpable con vuestra podegosa y conosida fuegsa y sabidugía.
    -¡No me aduléis marqués de La Tour! –Estalló el monarca. – ¡No me aduléis! ¡No es momento de ello! Es momento de soluciones, no de lisonjas. ¡¡Soluciones!! ¡¿Está claro?! ¡¿Para todos?! –El francés conformó otra rimbombante a la par que atemorizada reverencia y tornó de nuevo al grupo. Acto seguido los monarcas regresaron a sus aposentos y no salieron de ellos en toda la jornada.



   ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! –¡Majestad! –¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! –¡Majestad disculpadme abrid! –Apenas acababa de salir el sol cuando el Ministro de Estado aporreaba sin el mínimo recato ni decoro, ni protocolo alguno, la puerta de la real alcoba. Había ordenado marcharse a los guardias que la custodiaban, pues bien él sabía que existen momentos en que no todo el mundo ha de saber todo.
Un somnoliento y desaseado Felipe abrió con ropa de cama y aún con Morfeo adueñado de su ser. –Don José ¿Qué demonios…?
-¡Esta muerto! –Interrumpió el interpelado. 
Morfeo batió sus alas y desapareció de golpe tornando al Olimpo, y al rey de España a la realidad. –¡¿Quién?! ¡¿Quién está muerto?! 
-¡De La Tour! ¡El marqués de La Tour! ¡Ha aparecido muerto! Y… en la misma poza majestad. 
El rey agitó su cabeza y se la cubrió con ambas manos. –¡No! ¡No! ¡No! ¡No puede ser! 
La reina, más dignamente cubierta que su esposo, se sumó a ambos y a su llegada el ministro hizo una breve y nerviosa reverencia, mas don José Patiño no había concluido aún su informe. –Había las ropas desgarradas, el cuello degollado y… en su pecho… su pecho estaba gruesamente lacerado con una palabra profundamente acuchillada en él… Adulatoris.
   -Adulador. –Pronunció lentamente la reina. Y tras decirlo, tapó su boca con espanto cual si no hubiere querido jamás pronunciarla.
    El rey se llevó nervioso los puños a la boca y mordisqueó sus nudillos. –No puede ser. ¡No puede ser! Nos marchamos de aquí ¡Ya! ¡No quiero estar ni un segundo más aquí! ¡Este lugar está maldito!
-Tranquilizaos esposo. Tranquilizaos. No podemos volver a Madrid. Debemos… debemos seguir lo que vos mismo dijisteis ayer. Si el asesino está entre nosotros y nos acompaña a Madrid… aquí está acotado, mas en Madrid… se sabría todo en instantes y vuestro reinado se tambalearía.
    -La reina lleva razón majestad, –apostilló el ministro, –debemos permanecer serenos y continuar vuestro propio plan. Es lo más sensato.
    -Sí... Sí. Ambos…. Ambos lleváis razón. Eeeh, don José. Hoy, hoy no saldremos la reina ni yo de esta alcoba hasta la tarde. Necesito doblar mi guardia. ¿Tenéis hombres de vuestra absoluta confianza? 
    -Si duda majestad. –Os enviaré a tres de mis hombres más leales y fieles. 
   -Después de comer nos reuniremos de nuevo todos. Averiguad todo lo posible para esa hora e informadme. 
    -Así se hará majestad. –Y la puerta se cerró.
    Llegó la hora y el cortejo real se fue juntando en sordina en el salón, antaño ricamente decorado con telas de Damasco, armaduras y trofeos por doquier. Si el día anterior el silencio se podía cortar, la atmósfera del presente día se diría espeso cual invisible niebla. Todos sabían ya la noticia y todos tenían miedo, terror, a pronunciar una palabra y que al día siguiente apareciere grabada en su flotante cadáver. Nadie quería ponerse en primer lugar, nadie quería ser preguntado por el rey, en definitiva, nadie quería estar en aquella sala. Lo que en principio iban a ser unas lúdicas jornadas de caza estaban tornando en una tétrica pesadilla. Cuando llegaron los monarcas agarrados de la mano todos se sumaron a la general reverencia.
    Más silencio.
  Los ojos del rey recorrían unas caras que no querían mirar, que no querían hablar. Carraspeó nervioso un par de veces y luego habló en voz baja. –La… la muerte… –carraspeó de nuevo –la muerte de mi amigo y consejero, el marqués de La Tour nos ha llenado de pesar y consternación. Me acompañó desde los primeros momentos de mi llegada a España. Su apoyo y consejos me fueron siempre muy valiosos. Este atardecer le daremos tierra. Dicho esto, os reafirmo mi real intención de no abandonar estos lugares hasta esclarecer lo que está pasando y descubrir al maldito asesino, para lo cual os insisto extreméis todos las precauciones y agucéis ojos y oídos, pues el verdugo está cerca…quizá… quizá incluso en esta sala. –Se levantó entonces entre la concurrencia un coro de murmullos y una tormenta de sospechosas miradas. De ojos que escudriñaban caras, de miradas que inquirían rostros, de vistazos que atormentaban almas. Nadie se fiaba de nadie. La más desarbolada inseguridad se instaló en el cerrado grupo que hasta entonces, había sido el de seguridad y confianza del Borbón. –Si alguno tenéis algo que decir os ruego que lo hagáis.
    Mas nadie lo hizo, en aquel vetusto salón se podía escuchar el flujo de la sangre corriendo por las venas, las amedrentadas respiraciones, los temerosos corazones latiendo a escondidas… pues las dos personas que habían aparecido flotando en aquella poza habían hablado, y por última vez, en aquella sala.
    El confesor de su majestad, un enorme dominico francés, cortó el silencio. –Hermanos, hablad en libertad, –al igual que el rey, había por completo perdido su natal acento, –nada habéis de temer. Las nefandas obras que nos ocupan son la obra de un loco, de un infame orate que más temprano que tarde atraparemos y que sin duda alguna se ha ganado las llamas de Satán. Hablad en público y sin temor. Mas si no os atrevéis a tal en esta real audiencia os conmino, con el permiso de su majestad, a que lo hagáis en privado. Estaré encantado escuchar a cualquiera en privada confesión, cualquiera que haya visto algo, escuchado algo… de ese… demente maniaco. Yo rezaría por su alma e intentaría convencerlo de que no se dejare alienar por el mal. La fuerza del Señor es tan infinita como su misericordia y creo que si supiéremos quién es, yo lograría persuadirlo sin por supuesto, revelar secreto de confesión alguno. 
    -Gracias fray Côme.
   -Con vuestra venia majestad. –Solicitó con una reverencia don Manuel Vilches, uno de sus más veteranos y distinguidos intendentes.
   -Hablad os lo ruego. –Concedió el rey.
   -El problema, hermano, es que ese loco del que habláis, puede ser cualquiera de esta sala. O no.          Puede estar fuera de ella acechando, y esperando a que alguien de los presentes cuente algo sobre alguien a esa mano ejecutora. Sé que al hablar pongo en peligro mi vida y que quizá ese alguien, arranque mi vida como se arranca la flor de la tierra. Mas yo no permaneceré callado como un borrego esperando al verdugo. Todos me conocéis, soy viudo, uno de mis hijos está en Cartagena de Indias y el otro en un villorrio de mala muerte perdido en el virreinato de Nueva España, Los Ángeles. Puede, puede que ese loco que fray Côme menciona sea yo por hablar, mas… creo que su majestad se equivoca reteniéndonos aquí. Creo que deberíamos marchar de este palacio a la mayor presteza antes de que muramos todos. A mí, sinceramente, poco me preocupa, soy ya anciano y mi alma está preparada, mas veo aquí a muchos prometedores jóvenes que no se merecen penar aquí por más tiempo.
   -¿Queréis que el rey de España huya? –Preguntó una principal dama de la corte, la princesa de los Ursinos
  -Así es princesa. Comprendo que su majestad teme que estos sucesos se aireen y que nuestros enemigos los usen para desestabilizarnos, mas lo prudente es marchar de aquí.
   -Su majestad lleva años de guerras y combates, –insistió la princesa de los Ursinos, –es un soldado aguerrido, no ha ganado las batallas evitándolas.
  -La princesa lleva razón. –Intervino el rey. –Los problemas no se solucionan esquivándolos don Manuel. Los problemas se solucionan enfrentándolos. 
  -Y también, a veces, siendo prudente y esquivándolos, majestad. Escapar hoy para combatir mañana.
   -¡No nos marcharemos de Valsaín hasta que esto quede zanjado! ¡Y solucionado! ¡Los reyes de Castilla caminaron entre estos muros! ¡Mataban osos y lobos poco menos que con sus propias manos! ¡¿Qué dirían aquellos bravos monarcas si su sucesor sale de aquí corriendo?!
    -Ignoro lo que dirían majestad, mas la ocasión requiere prudencia. –Insistió don Manuel Vilches –Marchemos y vivamos o restemos y mur…
   -¡Basta! ¡Basta! Si marchamos, mañana mismo todo Madrid sabría que en el más cercano entorno de su rey muere gente terriblemente. Sin ton ni son… y que no pasa nada. ¡Que el rey no hace nada! ¡Pasado mañana lo sabría toda España y en una semana toda Europa! ¡¿Va a ser mi corte la de los asesinatos?! ¡¿Eso queréis para el nuevo rey?! Si no lo veis, don Manuel, es que el loco del que hablaba fray Côme, sois efectivamente vos. Aclararemos esto y encontremos al asesino. ¡No nos marcharemos!
    Una cerrada ovación, cerró las palabras de Felipe V, mas presto este alzó su diestra y los aplausos se detuvieron de golpe. –No quiero vuestra aquiescencia. Quiero resultados y los quiero ya. Todos o casi todos tenéis medios para indagar, este es un lugar pequeño y no somos muchos. Mañana a estas horas nos volveremos a reunir y quiero soluciones. –El rey miró de nuevo a su intendente. –Soluciones, don Manuel, soluciones. No fugas. –El interpelado asintió cerrando los ojos y sin más verba poner.
   A la mañana siguiente flotaba en la poza. Cuello cercenado, la camisola abierta y  pecho desgarrado. Cuando los soldados le sacaron descubrieron aterradoras heridas que formaban, de nuevo, una palabra en latín; “Insanis” 
   Huelga decir, o simplemente pensar, lo que en la sala de trofeos se sentía al día siguiente. Nadie respiraba, nadie osaba abrir los labios, alguna dama incluso sollozaba, nadie alzaba la vista y cuando tal se hacía, acusadoras a la par que espeluznadas miradas, iban de rostro en rostro. Se diría que el fantasma de la Parca sobrevolaba invisible y aterradoramente por entre los asistentes al consejo real, buscando una nueva víctima. Se diría que el diablo mismo zigzagueaba entre los asistentes sembrando la desconfianza y el odio. El asesino era uno de ellos… ¿Pero quién?
Cuando los monarcas entraron, todos pudieron comprobar que Felipe V estaba pálido como la muerte y que la reina tenía los ojos ostensiblemente rojizos. Había dejado de llorar tan solo unos instantes antes. Durante unos segundos que jamás duraron tanto, nadie allí hizo, ni dijo nada. El sepulcral silencio, el atormentador terror, la aleatoria sospecha y la maliciosa desconfianza estrangulaban las gargantas, constreñían los corazones y apisonaban las almas. El vetusto salón de trofeos pesaba sobre las cabezas de los presentes entre los cuales, más que el aire, se diría que la espesa melaza ocupaba el espacio.
   -Ya… ya… todos conocéis, lo que… lo acontecido… hoy. –Susurró más que habló el monarca. –Os… os juro… por lo más sagrado…. Que… que nada he tenido que ver yo con… con la… muerte de… mi querido don Manuel Vilches.
   Los cortesanos no podían creer lo que acababan de escuchar. El rey de España, de las Indias, de Filipinas, amén de muchos otros territorios, uno de los hombres más poderosos de la tierra, se comportaba casi como un niño y acababa poco menos de blasfemar, jurando ante ellos lo que ya sabían, que era inocente de las muertes.
   -Dicho lo cual… os… conmino a que… digáis algo… alguno… lo… lo que sea.
Silencio. Sepulcral silencio.
   -Yo sí que os diré algo. –Todas las miradas confluyeron de golpe en don José Patiño. –Mas es un tanto aventurado, y requiere discreción. 
   -Abandonad todos el salón. –Ordenó el rey. Aquella orden fue aire para respirar. Los cortesanos abandonaron en ordenado más veloz tropel la estancia.
   -He seguido con mis pesquisas y he hallado algo… desconcertante... yo mismo no estoy muy seguro… mas… por el momento es lo único que tengo.
    -Que tenemos. –Corrigió el rey.
    -Continuad os lo rogamos. –Requirió entonces la reina.
    -Bien, bien, mas quisiera que lo escuchéis de primera mano. –El ministro golpeó por dos veces sus palmas y entró un soldado acompañado de fornida dueña. Era una campesina, la cual no parecía en absoluto impresionada por encontrarse ante los monarcas de uno de los más poderosos reinos de la tierra. Su resuelta actitud sorprendió e incluso molestó al rey, quien en lugar de dirigirse a ella inquirió a su secretario.
    -¿Quién es esta mujer? ¿Y qué hace aquí?
    -Me llamo Elvira majestades, y estoy aquí porque su excelencia don José Patiño así me lo ha pedido.
    Su osadía incomodó de nuevo al monarca, mas su reina se le adelantó en la respuesta. –¿No sabéis que no es propio hablar a un rey si tal no se ha demandado?
    -Majestades, mi esposo murió por vos en los campos de batalla de Almansa. A él tampoco se lo pidieron. Vinieron un día y se lo llevaron en las levas del ejército junto a más hombres de Valsaín. Sin más. Los castellanos os hemos dado este reino a golpe de sangre. Desde pequeña he oído decir a mis abuelos y a mis padres que nadie es más que nadie en Castilla. Por todo ello, os hablo.
Los reyes se miraron entre ellos y a un impávido Patiño que se encogió de hombros. –Bien…bien. Hablad pues. –Pidió contrariado el rey.
    -Desde siempre toda mi familia, salvo mi esposo que en gloria esté y que era leñador, hemos trabajado en el aliño y aseo de este palacio… ahora, en lo que de él queda. Adivinaréis pues que me lo conozco de memoria. Pues bien, preguntada por el señor ministro si en los últimos días había visto algo extraño o anormal le dije que sí. Hay… un hermoso juego de ajedrez en una esquina de la sala de armaduras. El otro día encontré cuatro de sus fichas tiradas y las coloqué. El día después encontré otras cuatro tiradas y las volví a colocar, ayer mismo encontré otras cuatro diferentes a las de los días anteriores, también tiradas y las coloqué de nuevo.
   -¡¿Pero de qué habla esta mujer?! –Soltó ya manifiestamente molesto el rey. –¡Estamos hablando de hombres de mi confianza muertos! ¡Primero me habla con atrevimiento y ahora me habla de un… de un juego! –Su tez había pasado del albo con que llegó a la sala a un apreciable rojo de ira. – ¡Su audiencia ha terminado! 
    -No sois justo majestad. –Quejóse la dueña.
    -Pero como se atreve esta mujer a… ¡Fuera! –Gritó Felipe V airado –¡Fuera de aquí!¡Fuera!
    -Pero Majestad dejad al menos que termine –terció Patiño.
    -¡Fuera he dicho! ¡Guardias!
    -No necesito guardias que me acompañen, majestad, conozco mejor que ellos el camino.
    -¡Y encima replica! ¡Fueraaaaa! ¡No quiero volver a ver su rostro! ¡Y que dé gracias que yo mismo no la rajo y la arrojo a esa puta poza! –Chilló el rey fuera de sí.
Patiño y los guardias acompañaron a la mujer fuera de la sala de trofeos.
   -No os preocupéis Elvira. El rey tiene a veces un carácter muy violento. Os ruego sigáis con los ojos abiertos y volváis sin temor a mí si volvéis a encontrar algo sospechoso. En ese tablero… o en cualquier otro lugar. –Patiño puso un par monedas  recién acuñadas en la cercana ceca de Segovia, en la mano de la mujer.
   -Así lo haré excelencia. Muchas gracias.
Patiño sonrió paternalmente. –Voy de nuevo a hablar con su majestad. Le contaré el resto de la historia. –Cuando entró la reina acariciaba a Felipe V cual si en vez de rey, fuere un tierno infante al que hay que calmar.
  -¿A qué ha venido eso don José? ¿Qué es esa idiotez de esa altiva y deslenguada campesina? –Demandó María Luisa Gabriela...


                                                     ...CONTINUARÁ.

lunes, 24 de abril de 2017

QUÉ LIBRO CAMBIÓ MI VIDA

…Un soneto me manda hacer Violante
Que en mi vida me he visto en tanto aprieto…
¿Qué libro cambió mi vida? ¿Qué libro nunca olvidaré? Cuán compleja pregunta. Si demando a mi mente ella, de carrerilla, me indica decenas de títulos, docenas de nombres. Han sido tantos… Pero si pregunto a mi corazón, él sonríe. Sin superioridad, sin prepotencia, pero con la sonrisa pícara que pone el certero sabedor de una respuesta, y yo… le doy la razón. Pues, ese libro me hizo lo que soy: Un escritor atrapado en el cuerpo de un ingeniero. Lo que me impulsa cada mañana a levantarme antes que el sol. A investigar. A contar historias. A dar vida a personajes, a consentirles que, impertinentes, viva cada uno su vida… sin que yo ¡ay de mí! Pueda hacer nada por evitarlo.
-Lo sabes. Lo sabías desde el principio. –Asevera mi corazón riendo. –Ese libro no es otro que El hijo del herrador.   
Sí… El hijo del herrador… qué recuerdos. Empezó casi como un juego. Con mi madre mirando por encima de mi hombro lo que escribía. Ella fue quien me animó a seguir escribiendo. Poco a poco, día a día, las historias se fueron juntando hasta que años después, puse fin a mi primera novela.
Estaba hecho “lo fácil”. Ahora llegaba lo realmente difícil. El llegar a la gente. El que los relatos surgidos de tu mente se fuesen colando “cual mágicos diablillos” en la mente de los demás… y poco a poco… sucedió:
Algunos libreros de Segovia confiaron en mi trabajo y “el hijo” comenzó a salir a las calles, pero luego se me ocurrió otra idea:
…La Granja, Aranda de Duero, Covarrubias, Ayllón, Maderuelo, Atapuerca, Sos del rey Católico, Sepúlveda, Gumiel de Izán, Azuqueca de Henares, Buitrago de Lozoya, Iscar, Carrión de los Condes, Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo, Miranda de Ebro… estos fueron algunos de los pueblos en que, durante muchos fines de semana del verano y no pocos en otras épocas del año, montamos nuestro puestecillo para vender la novela a quien lo deseara.
Cuántas anécdotas, cuántas vivencias, cuántas horas de carretera, de calor inmenso en las secas tardes de verano, de frío, de tedio, de animadas y enriquecedoras charlas… cuánta gente buena, culta, trabajadora y simpática hemos conocido en los pueblos de esta vieja, exhausta y desmoralizada piel de toro. Cuántos amigos hemos hecho en el camino… 
Tras la primera edición llegó la segunda, peleando día a día, libro a libro. Luego llegó increíblemente una tercera y con ella seguimos.
En Azuqueca, con el compañero de al lado, nos divertimos y salimos del invernal frío que nos acechaba parafraseando versos del Tenorio. En Atapuerca… ¡Qué calor pasamos en Atapuerca! En los mercados nos hemos divertido, nos hemos mojado, nos hemos agotado, nos hemos aburrido, nos hemos muerto de risa, nos hemos asombrado. Aunque más calor que en Atapuerca, pasamos en Talavera de la Reina ¡¡Qué calor!! ¡¡45ºC!! ¡¡”casi na”!! Nadie en la calle y nadie en el mercado. Luego, en el frío Marzo de Aranda hicimos una “capota” para el puestecillo y ¡Hala! A chupar agua… con libros debajo. En Sepúlveda el intenso granizo (en Julio…) nos hizo recoger a toda prisa y salir pitando de allí. En Buitrago, el viento hojeaba a lo bestia los libros, volaba tenderetes y si no es por la ayuda de los compañeros de al lado, la lluvia de después nos habría hecho polvo. 
         Otra muy buena fue en Carrión de los Condes: Belén, qué habrá sido de ella… Se arrimó al puestecillo y hojeó el libro con curiosidad. Con exquisita educación, me dijo que le encantaba leer y le encantaba la historia, a continuación me sometió a un examen de historia del cual salí, afortunadamente, airoso. Eso la convenció de que el libro iba en serio, que estaba bien documentado y se lo llevó. Al día siguiente volvió diciendo que estaba enganchada, e incluso ella, allí, delante de nosotros, se lo vendió a gente que conocía. Lo malo de aquel mercado fue que estaba junto al río y al atardecer  unos mosquitos asesinos que por allí fincaban, nos pusieron tibios, pero tibios.
Entre medias, se me ocurrió a locura de enviar un correo y un libro al mismísimo Arturo Pérez Reverte… ¡Y me respondió! Leyó el libro ¡¡Y me envió una felicitación por Navidades!! Aquello fue épico.
También en Aranda apareció el gran Ramón, con su simpatía, con su arrollador entusiasmo. Un Arandino de Nueva York, un español por el mundo y nos abrió los ojos a este lío del Internet. También me animó a ello en Cantalejo, Mayte Esteban también escritora. No nos conocíamos de nada, eran unas personas más de las muchas que se acercan a nuestro puestecillo, ahora puedo decir con satisfacción que son mis amigos. ¡Amigos hechos gracias a un libro! Ellos me animaron a publicarlo en amazon y… ¡oh sorpresa! fuimos número uno en novela histórica durante algo más de tres maravillosos meses y ese mismo tiempo estuvimos entre los cien más vendidos. 
Tras él, llegaron dos libros más y estamos ahora con el cuarto. 
Cada día es una particular batalla más, por dar a conocer mis libros en el duro mundo de la literatura. Una pequeña batalla del humilde caballero contra un poderoso dragón. En cada mercado, en cada tweet, en cada entada en el blog, llevamos a cabo nuestra particular literatura de guerrillas en la que la victoria llega… y llega, en forma de un mail de agradecimiento, en forma de una sonrisa, de un apretón de manos, y siempre que la gente te da las gracias, te transmite una… energía… difícil de explicar. Tanta felicidad, tanta fuerza, tanto ánimo, que hacen que no seas una persona como las demás. Que hacen que seas un escritor. A tu pequeña escala. Pero un escritor.

Todo lo anterior y muchas cosas más, son lo que ha hecho que, el hijo del herrador, haya cambiado mi vida.

sábado, 22 de abril de 2017


                                                                 ¡¡¡¡ REBELIÓN !!!!


      ¿Eres curioso? ¿Sabes qué celebramos el 23 de Abril? Siendo mañana el día de Castilla y el día del libro, no me he podido resistir a dejar aquí esta entrada sobre la rebelión de los Comuneros en Segovia. ¿Qué terrible situación vital impulsaría a aquellos hombres, a aquellas valerosas mujeres, a arriesgar sus vidas, las de sus seres queridos, sus haciendas, todo, para alzarse contra la tiranía del emperador Carlos I? Si sigues leyendo lo descubrirás. Vivirás lo que aconteció por las calles de Segovia, lo que sucedió por toda la tierra de Castilla. Todo está sacado de mi libro SEGOVIA PARA CURIOSOS que puedes encontrar en cualquier librería de Segovia. Vamos allá:

       Me encuentro en la Plaza de Medina del Campo, que aquí llamamos también de Juan bravo o de Las Sirenas. Cuando Aniceto Marinas colocó allí su soberbia estatua dedicada a Juan Bravo, le llovieron quejas y críticas de tan señaladas personalidades como Antonio Machado, Azorín, Zuloaga, Ortega y Gasset, Mariano Quintanilla, e incluso Julio Romero de Torres, quien por cierto, pintó a la mujer morena. 
       Escucho a mis espaldas a alguien que se dirige apresuradamente hacia un grupo de turistas:
     -Esta hermosa casa de piedra, que se conoce como la casa del siglo XV, fue el hogar de Juan Bravo, uno de los capitanes de los comuneros y cuya estatua pueden contemplar ahí enfrente.
Sin más. Fin del comentario. El guía agita una banderita y todo el grupo, menos los rezagados que se dedican a sacar las fotos de rigor, le siguen como corderitos que serán llevados, quizá, a campos menos escabrosos y más conocidos de la historia de esta vieja Castilla.
Yo… sin embargo me quedo allí. Mirando la imperturbable estatua de bronce sobre su pedestal de granito… altiva, orgullosa, alzando con ímpetu en su diestra la bandera de la rebelión, de la libertad y descansando su izquierda, como si aún siguiera retando, en la empuñadura de su espada… me ocurre entonces lo que tantas veces… las gentes que pasean tranquilas, o caminan apresuradas esquivando mi presencia, se desvanecen a mi alrededor como si fueran estrellas fugaces que se disipan. Su bullicio se evapora lentamente mientras en el suelo, el frío granito ha dado paso ya a la polvorienta tierra. Los edificios modernos, las tiendas, los bares, tampoco están ya. Es entonces cuando empiezan a pasar veloces reflejos, como de fantasmas de otras épocas. Les veo con sus ropas, sus gorros, sus cinturones, sus calzados. Cierro los ojos y lo veo todo más real que si los tuviera abiertos. Uno de esos hombres se detiene ante mí… como si él también me hubiera visto. Tiene el otrora blanco jubón, sucio, hecho girones y con restos de lo que parece sangre. Las calzas oscuras no le van a la zaga. Lleva un pequeño puñal a la izquierda del cinto y una bolsilla a la derecha. Más cabezas que la suya han llevado ya ese raído y añejo sombrero pardo. Está cansado, definitivamente agotado. No son solo sus ojeras, es su rostro, es su alma la que parece exhausta... y quiere hablar. Yo le escucho, y ya callo…

     -“Eloi, Eloi, Laba Sabachthani…” Esas mesmas palabras que Nuestro Señor Jesucristo proclamó en el alto madero del Gólgota, las está susurrando hoy Castilla toda: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado…? Es Abril del año del Señor de 1521 y todo está ya perdido. Nuestros capitanes decapitados, nuestros camaradas muertos o apresados, nuestras vidas quebradas y nuestras esperanzas… sepultadas bajo los lodos del campo de batalla de Villalar… ¿Cómo pudimos perder? ¿Cómo llegamos a tal? Permitidme que os narre cómo un pueblo entero se levantó, cómo en Castilla, harta ya, ardió la llama de la rebelión. Mas, excusadme, estoy derrotado… en el amplio sentido de la tal e infame palabra. Ni siquiera de mí os he dado aún señas:
       Solo soy un castellano más, un pobre sirviente de mi desventurado señor don Juan de Solier, su casa está ahí enfrente. Más adelante os hablaré de él. Mi nombre, como el de miles de castellanos que luchamos por nuestras libertades, será absorbido por la historia y olvidado, no me importa, mas por cortesía os lo he de dar: Fernán Gutierre, para serviros. Yo os contaré cómo y por qué, las ciudades y pueblos castellanos se vieron en el terrible extremo de tener que alzarse en rebeldía, incapaces ya de soportar los atroces hechos perpetrados por el rey Carlos I y sus esbirros flamencos. Mas tales hechos no pasan de la noche a la mañana, empezaron antes. Mucho antes:
      El siglo XV, aún convulso, había sido bueno económicamente hablando para nuestra villa. Desde Santander, puerto principal de Castilla, se exportaban hacia Flandes e Inglaterra los tejidos y paños producidos aquí con la mejor lana del mundo, la que producían los inmensos rebaños de ovejas merinas. La industria de la lana, al resguardo de la Mesta, hizo prosperar gruesamente a Segovia, que tornóse en una de las villas más ricas y principales del reino. 
Fuimos nosotros, los segovianos, los primeros que proclamamos reina a doña Isabel la Católica, mas contrariamente a lo que se pueda pensar y a lo que razón dicta, la relación de la villa con ella, más bien della con la villa, distó de ser leal y cordial. Doña Isabel y su esposo nos ultrajaron y agraviaron, pisoteando nuestros derechos históricos, al tomar algo que nos pertenecía cual si suyo fuere y donárselo a quienes serían más tarde los Condes de Moya. Así protestamos:    

     “Nosotros, el concejo, justicia, regidores, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la muy noble y muy leal ciudad de Segovia, al tener noticia de que los reyes han tomado el sexmo de Valdemoro y gran parte del de Casarrubios, para darlo al mayordomo Andrés Cabrera y a doña Beatriz de Bobadilla, su mujer, con gran daño nuestro, contra las leyes de los reinos y contra las promesas y juramentos que nos tenían hechos en contrario, sin contar con nosotros, sin justa razón ni causa, y contra nuestra voluntad, protestamos no consentirlo en tiempo alguno, sino buscar remedio contra ello, y pues el presente no podemos hacer más y por mayor muestra, señal y memoria de nuestra queja, agravio y protestación que públicamente hacemos, nos cubrimos de luto y otrosí cubrimos el pendón de la ciudad y quebramos esta tinaja y hacemos esta ahumada”. 

      Pero llegamos a más. Los segovianos atacamos por primera vez (fijaros aquí que digo por primera vez) el Alcázar y los afines a la reina se refugiaron en el bastión, la torre de Juan II. La reina llegó presta a “negociar” su socorro, mas llegó con sus tropas. Se trató de que entraren por la puerta de San Martín, do los reyes debían jurar las leyes de la villa mas… ella era Isabel. Una reina en un mundo de hombres. Por algo lo era. Ni se dignó a hablar a quienes aguardaban bajo el dintel. Dirigiéndose a quien comandaba la mesnada apostilló:

“Decid a esos caballeros y ciudadanos de Segovia que yo soy la reina de Castilla, y aquesta ciudad es mía y me la dejó mi padre; y para entrar en lo mío no son menester leyes, ni condiciones”.

 Tiempo después, no contentos los reyes con haber insultado una vez a Segovia, los reyes la insultaron dos, pues concedieron mil y doscientos vasallos, arrebatados a la jurisdicción de Segovia, de nuevo en favor de Andrés Cabrera, quien estaba comenzando a ser muy malquisto y muy odiado en la villa toda. Ocurrió tal fecho en un 23 de junio y por toda Segovia cabalgó un pregón con aqueste mensaje:

    “el día de San Juan nadie se divierta, ni mude ropa, ni vista gala, ni barra calle, ni ponga lámparas, ni colgaduras”. 

    Dos días después, el concejo de la villa volvió a protestar formalmente a los reyes de aquesta guisa:

    “Cuando los reyes e señores naturales toman a alguno de lo suyo sin justicia, con daño de la corona real, mayormente atraídos a lo facer con importunidades que les son fechas, el mejor remedio que’l agraviado tiene después de la reclamación, contradicion e suplicación, es quexarse a Dios et al mundo...” 

   Y de nuevo se quebraron vasijas y ficieronse ahumadas. Las orgullosas madres castellanas abofeteaban a los infantes para que guardaren memoria de la infamia, mi propia esposa cruzó las caras de los míos. ¿Creéis que sirvió de algo? Poder es poder y tal cual allana y atropella do quiere. Los reyes no solo no atendieron, si no que, como la vez previa habíamos atacado a sus partidarios, además amenazaron en el siguiente tono: 

     “…de lo contrario, nos avremos grand enojo, e sí estad ciertos, que si después de sabida aquesta nuestra voluntad, algunos otros movimientos o alteraciones sobre ello fazedes, que por vuestras personas e bienes nos lo pagaredes”.


    Amén de lo ya dicho, sus católicas altezas subieron los impuestos para sufragar las guerras contra el moro y contra los nobles. Y sin embargo cual vasallos leales, nuestros hijos y nosotros mesmos, no parábamos de partir a las batallas de los reyes. Habéis de entender pues, que los ánimos andaban muy, muy revueltos por la villa, mas en tal estando, no solo los reyes se olvidaron de sus súbditos, y mal está que tal diga, Dios me perdone: pero lo peor de todo, es que hasta Nuestro Señor pareció mostrar espaldas a la villa segoviana; con los comienzos del siglo XVI pestes, plagas y malas cosechas, aplastaban nuestros hombros cual si el dedo de un gigante fuere. 
      Mientras al otro extremo del mar se descubría un prometedor Nuevo Mundo, nuestra judería, con lo más selecto, instruido y capaz de la villa era diezmada y desterrada. Mermando infinitamente el poder de Segovia en todos los sentidos. Pero además, entre nosotros nos mirábamos unos a otros con sospecha, por si alguno era judaizante y no era cristiano viejo. La pequeña nobleza, apartada del poder por la autoritaria política de Isabel y Fernando, estaba más que resentida y buscaba su momento para devolver el golpe. Los otrora ricos mercaderes textiles de Segovia, veían también cómo sus ingresos disminuían y se enfrentaban, entre otros, a los comerciantes burgaleses que estaban consiguiendo que se exportase la lana en bruto y tejer paños en el extranjero. Nuestra industria, a falta de materia prima, estaba postrada. Miles de trabajos se perdieron y entonces llegó el hambre. El clima en Segovia, en Castilla se hacía por momentos irrespirable. Mas quien debiere mediar y resolver tampoco podía, pues tras la muerte de la poderosa y enérgica reina Isabel, se sucedieron las regencias con sus vaivenes de intereses. En primer lugar la de su esposo Fernando, en segundo lugar la del anciano, mas brioso, cardenal Cisneros y por último, el efímero reinado de Juana “la Loca” y su “Hermoso” consorte Felipe. 
     Una de las ancestrales formas de libertad castellana, las Cortes, formadas por el clero y un par de procuradores por villa, tampoco nos podían valer y apoyar. Habían sido debilitadas. En primer lugar por la baja representatividad que tenían, pues de todas las ciudades, solo diez y ocho (Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Toro, Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Sevilla, Granada, Córdoba, Jaén y Murcia) tenían el privilegio de enviar procuradores a Cortes. Y en segundo lugar, porque estos procuradores habían sido cuidadosamente seleccionados entre los poderosos, para cumplir cual perros la voluntad de los reyes.
     En así las cosas estando, la corona de Castilla recayó sobre Carlos, hijo de Juana “la Loca” y Felipe “el Hermoso”. Un joven de 17 años que jamás había pisado el reino. Un mandibulón con cara de idiotizado, que desconocía nuestra lengua y nuestras costumbres. El tal príncipe comenzó a apartar castellanos y meter ansiosos flamencos en todos los puestos importantes. Dice la popular sabiduría, que más sabe el tonto en su casa que el listo en casa ajena, y nosotros, que ya teníamos nuestros tontos, mucho nos molestaban los de otros lugares que venían para regir los nuestros. De modo que el nombramiento de flamencos en los altos cargos públicos, fue una gota más que casi derramó el vaso. Cual plaga silenciosa que se extiende, los extranjeros pronto acopiaron todos los puestos de poder. El colmo de los colmos fue el nombramiento de un majadero de veinte años, Guillaume de Croy, como Arzobispo de Toledo. El nepotismo y la corrupción de los flamencos eran de público escándalo y tan apestosamente se sintieron poderosos y protegidos del rey, que campaban por Castilla robando, corrompiendo y atropellando, cual si dueños della fueren. Para que veáis do llegaron sus extremos y abusos, y que nada ni nadie aquí respetaban, prestad oídos a una crónica de Fray Prudencio de Sandoval:

      “Los flamencos tenían en tal poco a los españoles, que los trataban como a esclavos, los mandaban como a bestias, y les entraban las casas, les tomaban las mujeres, robaban la hacienda, y no había justicia para ellos. Sucedió que un castellano mató a un flamenco en Valladolid: acogiese a la Magdalena. Entraron tras él los flamencos, y en la misma iglesia le mataron a puñaladas y salieron con ello, sin que hubiere justicia ni castigo”.

     Por si tal era poco, los voraces flamencos de Satán comenzaron a tomar sumas increíbles de maravedíes, oro y riquezas y llevarlas a su país. La insostenible situación que el reino vivía, la resume fehacientemente un pasquín que recuerdo perfectamente que decía:  

     “Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres de sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor. ¡¡Maldición caiga sobre ti, Reino de Castilla!! Que permites y soportas que tus hijos, amigos y vecinos sean maltratados y asesinados diariamente, sin hacer justicia. Ciertamente, Castilla, muy cobarde y desgraciada eres, cuando soportas el engaño, soborno y astucia de todo esto...”

    Por si creéis que todo lo hasta aquí descrito era poco, la crispación, la indignación y la rabia llegaron hasta el estremecimiento, cuando supimos que “nuestro” rey, fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que se marchaba de aquí durante tres años y que los castellanos debíamos sufragar todos los gastos de la toma de posesión. Pronto corrió el rumor de que Castilla se convertiría en un estado “vasallo” del poderoso imperio alemán. ¡Vasallos! ¡Nosotros los castellanos, vasallos!  Para pedir los dineros de los que había menester para hacerse con el trono imperial, Carlos llamó a juntarse a las Cortes. Pero si aún pensáis que todo lo que él había hecho para menospreciar al pueblo, no era merecedor de la rebelión, os sigo contando, pues siguió él denostando e insultando a Castilla. Primero, convocando a Cortes en lugares que jamás se habían celebrado, Santiago y La Coruña, y segundo, nombrando presidente dellas, como no, a otro maldito extranjero. Segovia, Castilla, era un cañón armado, un polvorín a falta de yesca. Yesca que tardaría poco en hacerse estallar. Por las calles de Segovia, e imagino que de toda Castilla, se palpaba, se sentía y respiraba saturación y hartura. Las gentes no podíamos más y o algo cambiaba presto, o el reino entero saltaría por los aires. 

     Para evitarlo, las ciudades habían ordenado, expresamente, a todos sus representantes, los procuradores, que se negaren en las Cortes a dar dinero alguno o subvención al monarca. Castilla no pagaría más. Y que le obligaren a no emplazar más flamencos en ningún alto cargo, mas ay… Carlos y su caterva valieronse entonces del más poderoso de los caballeros para quebrar las voluntades: el dinero. Corrompieron y sobornaron a los procuradores para cambiar su voto y las Cortes accedieron a dar al ansioso Carlos el oro que necesitaba. Eso sí, prometió no nombrar a más flamencos… ¡perro perjuro! en cuanto embarcó hacia Alemania, dejó como regente al cardenal Adriano. Ese cardenal envió una carta a Carlos que rezaba:

    “En tiempo del rey Don Enrique los pueblos le amaban y los grandes le eran contrarios, pero ahora parece que los pueblos se quejan más de Vuestra Majestad”  

    ¡Cómo no! Decir que el tal cardenal Adriano, era de la villa de Utrech… ¡otro flamenco! Fue aquello ya el acabóse, el fin de su desfachatada vejación y maltrato a los castellanos y las ciudades estallaron. Primero Toledo, segundo nosotros, y poco a poco la mayor parte de las ciudades castellanas. Os cuento cómo lo vivimos aquí:
     Tras los luctuosos hechos acaecidos días atrás en Santiago y La Coruña, en una reunión habida en la iglesia del Corpus los ánimos se exasperaron. Se insultó fuertemente al rey y a los procuradores corruptos. En su estupidez, uno de los oficiales del rey que nos había sacado buenos dineros como recaudador, un corchete de nombre Hernán López Melón, atrevióse según estaban de calientes las cosas, a defender lo indefendible. Fue el insensato contra todos nosotros, amenazando cual acostumbraba. Escuchad una voz que ya no existe:

 “Las malas palabras que inconsideradamente se dicen, alguna vez con mucho acuerdo, se pagan”

     Ya no llamóse más Hernán López Melón. Su nombre tornó ese día por el de Cabeza de Turco, o también Chivo Expiatorio. Las iras del pueblo se descargaron en el acto contra él. Fue desarmado y sacado violentamente de la iglesia al grito de ¡Muera! ¡Muera! ¡Muera!. El desventurado era vilipendiado, escupido, empujado y golpeado por una Segovia ahíta de humillaciones y de tales furiosos modos, fue llevado a la plaza del Cristo del Mercado, do en unos improvisados maderos, fue ahorcado. Contaron quienes lo vieron que se colgó un pelele. Que no sufrió en la ejecución, pues cuando lo colgaron, ya era muerto, y ya había arrastrado Satán su alma a los infiernos. 
     Topóse al rato la enfurecida turba con otro alguacil de los que también gustaban de abusar de autoridad, y creyeron de él, que andaba tomando nombres para denunciar a los revoltosos. Tomaronle presto y dieronle el mismo trato, más bien maltrato, que a su compañero. Y como tan juntos habían andado en sus días, juntaronles también en sus muertes. El infeliz, de nombre Roque Portalejo, fue asesinado por la masa vengadora y colgado por los pies cabe su compinche.
Al día siguiente llegó a la villa uno de los dos procuradores, enviados por Segovia a las Cortes con la misión de dar tajante negativa a las pretensiones del rey, Rodrigo de Tordesillas. El segundo, más prudente, tomó camino de El Espinar de do era natural, lo que sin él saberlo, salvaría su vida. El concejo le aguardaba para escuchar sus explicaciones, mas el pueblo no diole tiempo a ello. Fue acusado de traidor, de enemigo de los pobres, y el vil corrupto fue también muerto y colgado junto a los otros dos.
     Días después, embriagados por un clima de violencia y venganza, nos dirigimos (y observad que digo “nos”  pues aquí ya sí que participé yo) hacia todas las casas de nobles que pudieren albergar armas de los cercanos tiempos de la Reconquista, y nos armamos con todo lo que pudimos. Yo entré junto a muchos a requisar todo el armamento sito en el palacio de los Arias Dávila, que no era poco. Por fortuna para nosotros, su feroz e iracundo señor había pasado a Indias y no se hallaba aquí. Si hubiera estado… bien capaz habría sido de caparnos uno a uno, a cuchillo, o a mordiscos incluso. Con todo el armamento obtenido, nos dirigimos hacia el Alcázar a resarcir viejas afrentas no olvidadas. ¿Las recordáis vos que seguís mi relato? No os azoréis, que la letra es buen recuerdo y aquí lo tenéis de nuevo: ¿Recordáis que los Reyes Católicos, hurtaron a la Tierra de Segovia los sexmos de Valdemoro y Casarrubios, amén de mil y doscientos vasallos para entregarlos a los Marqueses de Moya? ¿Recordáis las altivas y humillantes respuestas de los monarcas a su ciudad más fiel cuando se lo reprochamos? Isabel y Fernando ya no estaban, mas sí los execrables Cabrera, herederos de los Marqueses de Moya. Para conocer más nuestro odio contra ellos y sus desmanes, escuchad la voz del cronista que cuenta que:  

“Don Juan, don Hernando y don Diego de Cabrera, juntamente con el capitán Gonzalo e gente soldada, hacían muxos desafueros, daños e tomaban mujeres, e a los mercaderes sus haciendas”

    Esos malditos escaparon de su palacio, junto a la puerta de San Juan, y se hicieron fuertes en la iglesia Mayor y el Alcázar. El momento era llegado de borrar la afrenta, y de que lo nuestro, volviere a ser nuestro. 
    Sin respetar la paz de Dios, acometimos a los Cabrera y los suyos que se habían hecho fuertes en la catedral de Santa María, justo enfrente de la fortaleza. Nos disparaban escopetadas desde dentro y nos lanzaban saetas, mas nosotros no cejamos en el asedio y comenzamos a picar y romper la capilla mayor para penetrar en el templo por su ábside. Tras meses de cerco. Los comuneros conseguimos entrar dentro de la catedral, provocando sin miramientos grueso daño y estropicio de la casa de Dios. Para oprobio de ambos bandos, desatóse gran batalla sobre suelo sagrado. A tal llegó el ciego odio que nos teníamos. Vencimos, y los partidarios de los Cabrera se replegaron al Alcázar. En varias ocasiones contraatacaron para intentar echar a los comuneros de nuestro “nuevo baluarte”, y en casi todas ellas volvióse a combatir bajo los arcos del templo, mas ya no nos echaron de él. Aprovechamos la altura del campanario y la fuerza de los muros de la iglesia Mayor para combatir con más denuedo a nuestros enemigos. Atacamos sin descanso a los odiados Cabrera. Fue una batalla paralela a la rebelión comunera, una pequeña guerra civil, “privada”, de la villa de Segovia contra los Cabrera. Para nuestro infortunio, al frente de los defensores estaba otro segoviano, Juan de Ledesma. Su arrojo y valía consiguió que el Alcázar resistiere el durísimo asedio durante casi un año, y que todos los esfuerzos de la villa contra el castillo, fueren infructuosos.
      Sigamos con la rebelión. El virrey Adriano no podía perdonar los asesinatos habidos en nuestra villa contra sus allegados, y decidió castigarnos. El infame Rodrigo Ronquillo, muy odiado en la ciudad por su tiranía cuando años atrás fuese alcalde de Segovia, fue el designado por la regencia para escarmentarnos. En la primera acción de combate de la Guerra de las Comunidades, el ataque de sus soldados fue valerosamente repelido por los comuneros. Se acuarteló en Santa María la Real de Nieva, do se dedicó a degollar, y cortar pies y manos, a cuantos moradores de Segovia conseguía capturar, además de tratar de cortarnos toda las vías de suministros. El Cardenal Adriano se equivocó mandando a Ronquillo contra nosotros, pues le conocíamos muy bien, a él, y a sus brutalidades. Con ello solo consiguieron que los partidarios de la revuelta comunera se crisparen más, y los indecisos se decantaren al fin por la rebelión. ¡Segovia entera, ya era comunera!
     En tales terribles trances es do nacen los héroes y el nuestro estaba allí. Juan Bravo. Su propio apellido todo de él decía. Un hidalgo que, aunque no era segoviano si no de Atienza, estaba casado con una segoviana, nada menos que con la nieta del mítico Abraham Seneor (rabino y tesorero mayor de Castilla) y tenía hijos segovianos. Los hijos se le multiplicaron, pues en su figura vimos todos la de un padre, que nos guiaría y nos conduciría a la libertad y la victoria. Juan Bravo organizó la defensa, se rodeó de eficaces capitanes que le ayudaban a formar gentes en el manejo de las armas, y gestionó eficazmente la villa como se dirige eficazmente un ejército. Su carisma, voluntad y fuerza nos impulsaba, nos daba alas y aliento. Nos creímos, ¡nos sentimos! capaces de vencer.
     El “Alcalde Ronquillo” envió más y más tropas imperiales para atacar y asediar Segovia. Las crónicas contaron nuestra respuesta:

“Hizo Segovia alarde de la gente de guerra que tenía para defenderse de Ronquillo. Y halló doce mil hombres con tanto ánimo, que aun hasta las mujeres y los niños tomaban las armas” 

Sí, doy fe de ello. Hasta las mujeres. La mía propia, mi amada Fuencisla, (que ya antes de todo esto era de armas tomar) abrazó el estandarte de la rebelión y la causa de la libertad. 
     Habéis de saber aquí un hecho poco conocido, y es que en aquel verano del año del Señor de 1520, siglos antes de que ningún otro reino o país lo hiciera, nosotros los comuneros, promulgamos la Ley Perpetua del Reino de Castilla o Constitución de Ávila. Queríamos, necesitábamos una Castilla más industriosa, fuerte, libre y próspera. Con ciudades vasallas del reino, sí, mas autónomas a un tiempo, a la guisa y modo de las potentes ciudades estado italianas. Intentamos que la destronada reina Juana “la Loca” sancionare nuestra Constitución y volviere al trono… fracasamos. Casi ¡300 años después! las Cortes en Cádiz aprobarían la llamada primera Constitución Española… si nosotros lo hubiéremos conseguido… Aquella constitución era algo totalmente novedoso, y ciertamente nunca visto; protección de Castilla, sus gentes y libertades, mejoras en la administración de la justicia, preocupación por nuestros intereses económicos, medidas para impedir salidas de plata y oro de nuestras fronteras, redistribución de las cargas fiscales y eliminación de los exentos que no las pagaban, protección a la industria textil, motor del reino… mas… aquellas brillantes leyes no prosperarían, para desdicha y mal de Castilla y de todos sus esforzados hijos.
     Entre tanto, en Segovia, milicias comuneras de las ciudades hermanas de Madrid y Toledo reforzaron nuestra resistencia. Los combates contra los imperiales eran casi diarios. Exasperado por nuestro aguante, el regente Adriano de Utrech, ordenó a Antonio de Fonseca, en medio del infernal verano castellano, tomar la artillería de Medina del Campo… Nuestros hermanos… nuestros pobres hermanos de Medina se negaron en rotundo a entregar las piezas y… disculpadme, al recordarlo… no puedo seguir, y aunque pudiere, solo puedo callar en seña de respeto por su heroicidad y sacrificio. Gratitud perpetua de Segovia a Medina:

    “Ayer jueves, que se contaron 23 del presente mes de agosto, supimos lo que no quisiéramos saber, y hemos oído lo que no quisiéramos oír. Conviene a saber, que Antonio de Fonseca ha quemado toda esa muy leal villa de Medina. Y también sabemos que no fue otra la ocasión de su quema, sino porque no quiso dar el artillería para destruir a Segovia. Dios nuestro Señor nos sea testigo, que si quemaron de esa villa las casas, a nosotros abrasaron las entrañas, y que quisiéramos más perder las vidas que no se perdieran tantas haciendas. Pero tened, señores, por cierto que, pues Medina se perdió por Segovia, o de Segovia no quedará memoria, o Segovia vengará la su injuria a Medina. 
Hemos sido informados que peleastes contra Fonseca, no como mercaderes, sino como capitanes: no como desapercibidos, sino como desafiados, no como hombres flacos, sino como leones fuertes. Pero desde aquí decimos, y a ley de cristianos juramos, y por esta escritura prometemos, que  todos nosotros por cada uno de vosotros ponemos las haciendas, e aventuramos las vidas, lo que menos es, que a todos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares de Segovia, cortando para hacer sus casas madera. Porque no puede ser cosa más justa, que pues Medina fue ocasión que no se destruyese con el artillería Segovia, que Segovia dé sus pinares con que se repare Medina. Bien se pareció, señores, en lo que hicistes, no sólo vuestro esfuerzo, mas aún vuestra cordura en tener como tuvistes en poco la quema, y esto no por más de por mostraros fieles, amigos y confederados de Segovia”

     Lo que vuestros ojos acaban de leer es parte de la carta enviada por el concejo de Segovia al de Medina, tras su sacrificio por nosotros. La indignación, la rabia y la furia al conocer tal vil hecho, se extendieron por todo el reino. Sí. El incendio de Medina provocó que sus pavesas se dispersaren por toda Castilla y prendiera en ella, al fin, el fuego de la rebelión total. Castilla entera ya era comunera.
En la actualidad, la plaza de la iglesia de San Martín, lleva el nombre de Plaza de Medina del Campo en recuerdo de la sacrificada proeza de los medinenses por Segovia, y una placa recuerda parte del texto que acabáis de leer.


  La expansión de la rebelión, provocó además gruesa cantidad de insurrecciones de los desfavorecidos contra sus señores naturales. Lo que hizo que la aristocracia y los grandes nobles, temiendo perder sus privilegios, se alejasen de nuestra causa mermando en mucho nuestros recursos. La pequeña nobleza, como mi desventurado señor don Juan de Solier, sí que abrazó y contribuyó con sus bienes a la causa. Así, en el otoño de aquel duro 1520, ambos bandos nos dedicamos a organizar tropas y recaudar fondos, mas el bando imperial superó al nuestro en recursos y hombres, gracias al apoyo de la alta nobleza y de los grandes comerciantes castellanos. Por suerte para nosotros, incluso buena parte de la iglesia castellana nos apoyaba. De hecho, Juan de Acuña, el mismísimo obispo de Zamora, comandaba una milicia compuesta solamente por religiosos. Desde Alemania, ese rey Carlos condenó a 249 comuneros destacados: a muerte, si eran seglares; y a otras penas, si eran religiosos. Igualmente, declaraba también traidores, rebeldes, desleales e infieles a todos cuantos apoyaren la rebelión. Ya sabéis pues lo que éramos los segovianos: traidores, rebeldes, desleales e infieles.
     Entretanto en Segovia seguíamos librando la guerra. Os hablo ahora de un personaje ciertamente curioso que no es otro que Antón Casado, o quizá apellidóse Colado, pues de ambas formas era llamado, mas todos le conocíamos por Antón el Pelaire. Un Pelaire era el encargado de preparar la lana antes de tejerla. Pues bien, el tal Antón era un gañán de ánimo atrevido, largo de manos y corto de entendederas, pero que por su fuerza, su peculiar modo de decir verdades y un cierto magnetismo personal, se convirtió en el adalid de la numerosa e indisciplinada multitud de gentes de los oficios de la lana. Llevó por su cuenta y riesgo su propia y muy particular rebelión comunera en Segovia. Su principal papel lo cumplía en el durísimo e interminable cerco al Alcázar, do los combates en sus inmediaciones y en las de la catedral se sucedían como dije, día sí, día no. Un día, haciendo caso omiso del Concejo, y de la suprema autoridad de Juan Bravo y sus capitanes, no se le ocurrió otra cosa que salir a combatir al fiero Alcalde Ronquillo. Con su verba y personal carisma, consiguió reunir una variopinta multitud de más de 4.000 almas; Cardadores, tundidores, cordoneros, pellejeros, sastres, boneteros, mamposteros, menestrales, débiles tenderos e ignorantes labradores, ganapanes y gente baja, aunque buena, entusiasta y comprometida con la causa rebelde, mas poco hecha a las artes y esfuerzos de la guerra. A pesar de los ruegos, e incluso amenazas, de las autoridades de Segovia, la multitud dirigida por el díscolo pelaire Antón se sentía fuerte, y salió muy de mañana por la puerta de San Martín, con la manifiesta intención de dar el golpe final a Ronquillo. Cuando ambos ejércitos se vislumbraron muchos ya se temieron lo peor. La mal armada, amontonada y diversa tropa de Antón, tenía frente a sí un impecable, perfecto y ordenado muro de picas y mosquetes. Por muchas pantorrillas rebeldes corrieron abajo muchos caldos, unos más densos y hediondos que otros. La cordura ordenaba retirada, mas quien había de ordenarlo no lo hizo, precisamente por  carecer de seso. A la voz del pelaire, los segovianos atacaron. Las imperiales tropas de Ronquillo, duchas en su oficio, aplastaron en la primera carga a la seducida multitud de Antón. Los infelices huyeron en caterva a la seguridad de los muros de Segovia. Algunos fueron tomados presos y como eran gentes de pocos recursos por los que Ronquillo no podía pedir rescate, a los más afortunados les ahorcó en su base de Santa María la Real. A los más desdichados les torturó sañudamente.
      La carencia de hombres, hizo que el estúpido Antón el Pelaire no fuere castigado con el pago de su vida por tan suicida acción. A partir de entonces, se dedicó solamente seguir en el asedio del Alcázar y no presentó más batallas en campo abierto. Tras la derrota de Villalar, escabullóse astutamente y jamás volvióse a saber nada de él.
      Mientras, la rebelión seguía, y las batallas continuaban con grande abnegación por nuestra parte y obligación por la imperial. El cardenal regente, Adriano de Utrech, se admiraba de los sacrificios personales y económicos de los comuneros frente al egoísmo de los nobles, que supuestamente defendían el poder imperial, pero que realmente defendían sus intereses propios. 
No fue suficiente. Los imperiales contrarrestaron nuestros sacrificios con tropas, dineros y medios, y tras cruenta batalla tomaron la estratégica plaza de Tordesillas. Allí se encontraba la reina Juana y la Santa Junta, unas Cortes revolucionarias con eficientes y honestos procuradores, do residía el poder supremo de la rebelión. En la batalla por Tordesillas cayó preso mi señor. Muchos de los procuradores consiguieron escapar, mas… mi pobre señor... combatió hasta el final como un león, y yo a su lado, contra las duras tropas del Conde de Haro. Recibí un golpe mientras veía cómo lo desarmaban entre seis y lo tomaban preso. Debieron darme por muerto, y ojalá lo hubiere estado. Desperté de noche. Encima de mí había varios cuerpos que hedían a muerte. Los aparté, y la luz de las hogueras de los de Haro me mostró el infierno: El castillo tras la batalla. Sombras fantasmales se proyectaban contra sus muros. Armas, desperdicios de la batalla y pertrechos, en desordenada cantidad. Cadáveres por doquier, y una soldadesca borracha, que profanaba los cuerpos de muchos hombres buenos burlándose de ellos, y que ahora se bamboleaban en cuerdas colgados por el cuello. Preso del terror escapé como pude. Sé que pensaréis que soy un cobarde sin honor, y que salí de allí sin luchar por mi señor… también yo lo he pensado, y lo he pensado muchas veces, mas ¿qué podía hacer yo? El miedo atenaza y no deja pensar si no es en la sola y personal supervivencia, o al menos, eso sucedióme a mí, en aquella aciaga jornada de Tordesillas.
     Llegué a Valladolid do se hallaba el grueso del ejército comunero y reconocí a  muchos que también habían logrado escapar de las armas del conde de Haro. Y todos nos pusimos a las órdenes de los capitanes Padilla, Maldonado y Bravo. Entre nosotros corría un único pensamiento y un único comentario, al menos viviríamos para poder vengarnos. 
      Las inusitadas tropas sacerdotales del Obispo Acuña atacaron los señoríos de Palencia y Tierra de Campos, triunfando por doquier, y recaudando buenos y muchos ducados. Mientras, nosotros, cumpliendo como todos los mandatos de la Santa Junta, cercamos la traidora contra natura, villa de Burgos. Desde el principio, los poderosos comerciantes burgaleses que se enriquecían exportando lana, habían sido contrarios a la rebelión. El cerco a tan poderosa ciudad fue un fracaso, mas después, contestamos con nuestra mayor y más sonada victoria, la toma de la villa fortificada de Torrelobatón y su poderoso castillo. Aquello sembró el júbilo y desató entusiasmos en nuestro bando,  trasladando el desasosiego, los reproches y la duda al de los imperiales. Pensamos que la victoria estaba más próxima que nunca. Tristes de nosotros… si hubiéramos sabido que jamás lo conseguiríamos…
Tras la victoria y saqueo de Torrelobatón, hubo segovianos que tornaron con el botín a nuestra villa. Yo, y muchos otros, no. La lucha no había terminado, mas pronto lo haría y nosotros, pobres infelices, aún no lo sabíamos. Cercana era la hora, el lugar, y la fecha do todo concluiría: Villalar, 1521, andados veinte y tres días del mes de abril…
   …Villalar, derrota, fango, lluvia, muerte y duelo… Villalar, esperanza rota, llanto, rabia y desconsuelo… Villalar hecatombe, inmolación de héroes, destrozo, pérdida y rendición… Villalar… Villalar. Villalar drama y penar, calamidad, abatimiento… Villalar… sometimiento…
…Aquel día… aquella negra jornada que recordarán los siglos, el sueño murió. Que la quemada sombra de la más noche cubra su recuerdo... 
     Aquella jornada, salimos de Torrelobatón en dirección a Toro, de madrugada. Ni Dios Nuestro Señor estaba con nosotros, pues lanzaba contra sus esforzados hijos todo lo que en su cielo había: Tormenta, truenos, relámpagos y rayos, amén de toda el agua que sus manos crearon. Sabed aquí que el ejército comunero éramos una mezcolanza de gentes cuyos oficios nada tenían que ver con la guerra. Sin la necesaria y debida instrucción, poco pertrechados de equipo y armamento, tarde y mal pagados, y peor atendidos por la habitual carencia de recursos, y además, sin caballería suficiente, avanzábamos penosamente aquella mañana, bajo las mil torrenciales aguas de Abril. Solo Dios sabe cómo el funesto conde de Haro se enteró de nuestra marcha. A su lado y con los imperiales, se hallaba lo más granado de la nobleza castellana, perros fieles de su amo, el flamenco Carlos: El Condestable de Castilla, el Almirante de Castilla, el Duque de Alba, los Condes de Liste, Benavente, Osorno, Miranda, Cifuentes…. Lanzaron contra nosotros lo que más temíamos y la razón de su fuerza. Su poderosa caballería. De nada nos sirvieron todos nuestros cañones, que no pudimos emplazar, ni disparar contra los veloces caballos, bajo aquella lluvia y sobre aquel lodo. Exhaustos y aun sabiendo que teníamos todo perdido, esperamos las órdenes y estas llegaron de la voz de don Juan de Padilla:
     ¡POR CASTILLA Y SANTIAGO! ¡LIBERTAD! ¡AL ATAQUEEE!
     Seis mil gargantas cogieron la tormenta y la destrozaron, tronaron más que los truenos, gritaron más que los vientos, brillaron más que los relámpagos y fluyeron más que las lluvias. Seis mil gargantas, rasgaron la tempestad
     ¡POR CASTILLA Y SANTIAGO! ¡LIBERTAAAAAAAAAD! 
     ¡POR CASTILLA Y SANTIAGO!  ¡LIBERTAAAAAAAAAD!
     Nos lanzamos a por los imperiales, juntos, unidos, por última vez… por última vez… 
    La caballería imperial nos aplastó. Castellanos contra castellanos, cristianos todos como éramos, nos masacraron sobre aquellos barros sin piedad, misericordia, ni cuartel… 
Al atardecer, más de mil hombres buenos, que solo querían lo mejor para sus hijos, sus mujeres y su patria, habían entregado su alma a Dios. Más de mil comuneros fueron muertos, sacrificados en aras de una libertad que ya nunca llegaría, en aquella batalla maldita de Dios. Juan de Padilla, Francisco Maldonado y Juan Bravo, nuestros capitanes, el espejo de abnegación, honor y hombría de bien do todos nos mirábamos, fueron apresados y serían vilmente degollados por los perros imperiales a la mañana siguiente.

     Los llevaron maniatados hacia el cadalso. Sus ropas y sus rostros aún cubiertos del barro y la sangre de la batalla. Un silencio sepulcral que solo un tamborilero imperial rompía. A continuación, bajo el cadalso que lucía los estandartes imperiales, un pregonero leyó los cargos de que les acusaban. Juan Bravo, furioso por las mentiras e infamias que contra los comuneros se leyeron, gritó con furia al pregonero y a todos los que allí se hallaban, que «no moría él por lo que decían que le mataban, sino por su celo del bien público y por la libertad del reino». No hubo respuesta a sus palabras. Luego, los tres se confesaron con un cura diferente, y a continuación subieron al patíbulo con valor, cual quien sube la escalera de su hogar. Juan de Padilla, se giró y dijo a Juan Bravo: 

    “Señor Bravo, ayer era día de pelear como caballeros, hoy lo es de morir como cristianos”. 

    El segoviano asintió con una media sonrisa y apartó suavemente al toledano y al salmantino, y se dirigió a los regentes de Castilla:

    “Concededme la merced de morir primero, pues nada me disgustaría más, que ver morir a tan buenos caballeros”

     Nuestro valeroso capitán fue generoso y digno hasta el último momento de su existencia. No volvería a pronunciar palabra alguna. Instantes después fue decapitado, y su honorable cabeza, mostrada a la soldadesca imperial y a los grandes de Castilla. Más tarde caería la de Juan de Padilla y horas después moriría el salmantino Francisco Maldonado. La última esperanza de Castilla de conservar sus ancestrales libertades, cayó con aquella última cabeza.
      Al día siguiente recogimos los cuerpos de nuestros venerados capitanes. Yo fui de los que llevaron el de Juan Bravo a Segovia. Le cubrimos con unas telas y su cabeza la metimos con reverencia en un saquillo. Por todo el trayecto, las gentes respetuosas y reconocidas ante el héroe, salían a los caminos a llorarle. Cuando entramos en la villa, las recientemente instaladas autoridades imperiales tuvieron gruesa dificultad en sofocar un gran disturbio de indignación de los segovianos, que a punto estuvo de costar más  muertes. Para evitar mayores males, y con el temor de que sus sagrados restos fueren profanados por la chusma imperial, los trasladamos en secreto al pueblo de Muñoveros, de do era natural su primera mujer, doña Catalina del Río. Si allí vais, no esperéis lápidas ni panteón, que muy bien le escondimos, para que tuviere en su muerte el justo descanso que no diole la vida.
     Aquel miserable Carlos lo había conseguido; había intentado transformar la  monarquía castellana, aún feudal, en una monarquía absoluta. Atacó simultáneamente los dos atávicos pilares de nuestra libertad: las cortes y los concejos, mas do más brilló su maléfica astucia fue en usar el enconado y ancestral antagonismo entre los nobles y los ciudadanos para debilitar a ambos. Los ciudadanos, representados por sus concejos, acabaron sus días bajo el lodazal de Villalar, la pequeña nobleza acabó desarbolada y la alta aristocracia, los “sumisos Grandes de España” quedaron atados a la correa de Carlos, gracias a los favores concedidos tras nuestra derrota. Nunca los grandes fueron tan pequeños, ni los pequeños tan grandes. 
    Sí, el flamenco lo había conseguido. Con tierras en España, Italia, Flandes, Alemania, África, América del Norte y del Sur, aquel detestable, nacido miserablemente en una letrina del palacio Prisenhof en Gante, llegó a ser emperador de medio mundo. Paradojas de la vida. 
     Tras la derrota, las entristecidas ciudades fueron rindiéndose una tras otra. La última en hacerlo fue Toledo, comandada por María de Padilla, la briosa mujer del capitán toledano. Con el reino pacificado, el almirante de Castilla envió una carta al emperador que entre otras letras, contenía estas:

     “Su majestad ha de saber, que esta maldita veta de libertad estaba muy imprimida en los corazones de estas gentes, y que han de pasar largos tiempos, con compañía de buenas obras, para que se olvide.”

     Nosotros, los segovianos, llegamos a un acuerdo en  la villa de Coca con los virreyes, Adriano de Utrech, el Almirante y el Condestable. Como todas las ciudades rebeldes, fuimos obligados a pagar daños de guerra mediante un tributo especial, lo que  mermó nuestra economía durante casi veinte años, debido a la subida de precios. Así, nuestra otrora pujante industria textil, fue decayendo poco a poco. 
     Al año siguiente, en 1522 el emperador regresó. Mandó condenar y ejecutar a comuneros hasta que promulgó el llamado Perdón de Todos los Santos, en el que perdonaba de la rebelión y traición a todos los comuneros excepto a 293, con nombres y apellidos. Uno de los que no obtuvo misericordia fue el más peculiar de los comuneros, el Obispo Acuña. A raíz de esta ejecución, Carlos I fue excomulgado por ordenar el ajusticiamiento de un prelado de la iglesia. Cinco años más tarde las tropas imperiales saquearon la Ciudad Eterna. Para que comprendáis bien la magnitud de la rebelión en Segovia y su tierra, y nuestra aportación y sacrificio en la rebelión, sabed que de todos esos 293 condenados de todos los rincones de la vasta Castilla, casi 90 eran de aquí. ¡Casi una tercera parte! parte de ellos perdieron vida, el resto bienes.  
     Pareciere que solo el venerado Juan Bravo tiene el honor, merecido, de ser el héroe comunero de Segovia, mas conocidas las anteriores cifras, fácil es adivinar que nuestra villa y tierra estuvo llena de héroes, que dieron todo lo que tenían, en muchos casos como ya conocéis lo más sagrado, sus propias vidas, por esta ciudad. Así, en aquella “lista del perdón” aparecieron los nombres de muchísimos segovianos culpables. Entre los comuneros segovianos castigados hubo personas de todas las clases y condiciones: hidalgos, plebeyos, abogados, escribanos, pelaires, silleros, barberos, sastres y de muchos variados oficios. Su inapreciable sacrificio merece nuestro recuerdo y perpetua gratitud. Estos fueron algunos dellos. He de decir que fui afortunado por conocer a muchos, a los hermanos García y Antonio del Esquina, al buen Antonio de Aguilar, al fuerte Hernando de Belliza,  a los hermanos Alonso de Mexía, al generoso Gaspar de Segovia, al menudo Bernardino de Mesa y su pobre hermano, Martín de Mesa. Al formidable Francisco Sadezejo, al siempre risueño Antonio Juárez, al sillero Galván, a mi vecino y amigo Suero Alonso de Barrios, a Juan de Zamora, a Álvaro de Ruescas, a Antonio de Madrigal, a Diego Gallego, a Ochoa Gómez, al inolvidable Rodrigo de Cieza, a Álvaro de Guadarrama, que combatió conmigo en los lodos de Villalar junto a Diego de Cáceres, y Gabriel de Villarreal… fueron tantos… fuimos tantos…
     Mi pobre señor, don Juan de Solier, también fue excluido del perdón real. Fue representante de Segovia en la Santa Junta, aquella especie de gobierno rebelde comunero. Fue ajusticiado junto a otros 6 hombres buenos y sus patrimonios liquidados en subasta (1). Los de mi pobre señor valieron, juntamente con los de Francisco Mercado, célebre comunero de Medina, cerca de 489.000 maravedíes. Es fácil de adivinar que sus bienes valían más del triple, y que mucho se lucraron los devotos siervos del emperador con estas subastas amañadas.
Otro insigne merecedor de recuerdo y honra fue don Juan Alonso Cascales de Guadalajara, llamado el Bachiller Alonso de Guadalajara, a pesar de ser de Segovia. Cual mi malhadado señor, era también procurador de la Santa Junta. Desde ese alto puesto siempre se opuso a cualquier injusticia o tropelía que el ejército comunero pudiere cometer. Quienes le conocían bien, decían de su persona que era “hombre de sustancia, sabio y de muchas letras, animoso y valiente en los momentos de peligro”. Debido a su buen seso y grande honestidad, fue designado para atender los caudales comuneros. Su gran valía hizo además que fuere uno de los dos comisionados que trataron de poner fin al conflicto, en unas negociaciones de paz con los imperiales. Es sabido que no lo lograron. Como su persona y nombre eran bien conocidos de los rencorosos enemigos, fue condenado al embargo de todos sus bienes y a muerte, culpable de lesa majestad. Con la astucia y ánimo que siempre gobernaron su vida, escapó a Portugal do residió, y trabajó día y noche hasta conseguir ser indultado, y poder regresar a su Segovia amada.
     Mas los nombres de aquellos que dieron su vida, o sus peculios y bienes, por nuestra ciudad y por la libertad de Castilla son interminables. En cada parroquia, en cada rúa, en cada casa, había comuneros. Seis fueron los capitanes de que rodeóse Juan Bravo para dirigir las escuadras Segovianas. El denuedo, la gallardía y el arrojo que mostraron por nuestra villa, son merecedores de justa memoria, y ya va siendo hora de que sus nombres sean recordados. Aquí os los dejos plasmados para sean perpetuados: Francisco de Tapia, don Rincón, Antonio de Buitrago, Francisco del Castillo, Antonio de la Hoz y Pedro de Buitrago. Tras el terrible descalabro de Villalar, para su dicha y regocijo de quienes les admiramos y servimos a sus órdenes, ninguno de los seis obtuvo escarmiento real alguno, fuera aparte del de por sí suficiente castigo, de la dolorosa y humillante derrota.
Con los siguientes que recordaré, cierro ya la lista inagotable de los que lucharon por el honor y la libertad de Segovia y de Castilla, pues sin su ejemplar participación y de la de muchos como ellos, nada hubiere sido posible. Los insignes señores Alonso de Cuéllar, Íñigo López Coronel (suegro de Juan Bravo), Juan de Ledesma, Rodrigo del Río y Antonio de Cuéllar que por cierto era de Caballar, entregaron enormes sumas de maravedíes, vestimenta, armas, bastimentos y bestias de carga a los que combatíamos. Gracias por siempre.
     Como ya habéis visto hasta aquí, de todo hubo. Quienes todo entregaron; esfuerzo, patrimonios y vida; quienes esfuerzo y patrimonio; quienes bienes; y también quienes nada tenían y todo dieron, dejando su existencia en los campos de batalla. Mis palabras, su memoria. 
Aquel maldito Carlos jamás comprendió ni aceptó, que los castellanos se le opusieren con tanto valor, con tanto orgullo, con tanto tesón. Tanto odio nos tenía a los comuneros el César, como gustaba ser llamado el emperador, que tras su victoria en Villalar ordenó contra los comuneros nobles segovianos una mezquina medida, ya olvidada por los siglos, más muy popular en los tiempos que él admiraba de aquel romano imperio: La Damnatio memoriae (2). Por toda Segovia y su tierra envió picapedreros con la orden de “quitar, romper y picar todos los emblemas, escudos y timbres” que pudieran recordar las casa de los comuneros y de sus partidarios. 



Diferentes casas en toda Segovia tienen aún picados sus escudos. Otros como el de la casa de los Solier, fueron cambiados por los de las familias que adquirieron los inmuebles a “precio de saldo”

     Mas el emperador no tuvo suficiente con derrotar, ajusticiar, apropiarse de bienes, asfixiar con tributos y hasta borrar de la memoria el recuerdo de los comuneros segovianos. Su última venganza contra nosotros y contra la villa rebelde, fue prohibir que nuestra amada iglesia Mayor fuere reconstruida, cosa que con medios y trabajos habríamos conseguido los esforzados y devotos segovianos. El odiado flamenco ordenó que allí quedare, en la ruina que los terribles sucesos acaecidos bajo sus naves, habían causado. Apenas dos años después de la contienda, el cronista Juan de Pantigoso describió lo que sus ojos vieron en el solar de la catedral de Santa María:

“…Deán y Cabildo se quisieron tornar, y tornaran á la dicha Iglesia, sino estuviera, como estaba y aún está, derribada y aportillada, y por muchas partes destechada y desolada, disipada y destroida; los altares derrocados y profanados; los Crucifijos é imágenes de nuestra Señora y de otros santos descabezadas, los brazos y piernas hechas pedazos; los órganos grandes y los otros dos pares, que estaban sobre el coro, quebrados y agugereados de escopetadas y otros tiros; las sillas del coro trastornadas y evertidas de sus lugares, y muchas dellas quemadas, y otras puestas por defensa y albarradas; hecho dentro y alrededor cavas, fosados, minas y contraminas; y por quitar las losas y laudes de la Iglesia para hacer barreras y defensas, los huesos de los finados sacados y desenterrados; y hechas otras cosas semejantes, las rejas de las capillas de la Iglesia quitadas y puestas en las puertas y postigos cabe el alcázar para más los fortificar; y quemada la casa del hospital y la del hospitalero, que estaban junto á la Iglesia, do se albergaban y acogían los pobres é hijos de Dios; quemado y destroido el refectorio, do comían catorce pobres cada día; derrocada toda la librería, ó lo que de ella estaba de sillería y cantería…”


Bajo la flecha se pueden ver las ruinas de la antigua catedral tal y como se encontraban en 1562. El original es un grabado del flamenco Wyngaerde y fue realizado desde el Terminillo.  Este grabado se puede contemplar en el Museo de Segovia, cuya visita recomiendo encarecidamente

     Así quedó, así la dejamos entre unos y otros, hermanos de una sola fe, villa y nación. La antigua catedral que fuere mandada levantar por Alfonso VII y que llevaba tres siglos en pié quedó para siempre postrada, de rodillas.

     El emperador Carlos el excomulgado, ordenó que se levantare otra que es la actual que hoy se yergue majestuosa en junto a la Plaza Mayor. Se colocó la primera piedra al poco tiempo, el 8 de junio de 1525. Se escogió al arquitecto Juan Gil de Hontañón. Como notable curiosidad indicar que, al contrario de lo que siempre ha sucedido, comenzóse la construcción por los pies de la iglesia, pues aún se no se habían expropiado y comprado todos los terrenos para la nueva edificación y en la vieja aún se seguían cantando misas. Otra curiosidad de la catedral nueva es que fue la última de España en construirse con fuerte influencia gótica. Otra más, impresionante con los medios que teníamos, es que el claustro de la catedral vieja fue desmontado piedra a piedra, numerado y vuelto a montar, cual si gigantesco rompecabezas fuere, en la catedral nueva. Lo mismo ocurrió con la rica sillería del coro de nogal. Y una más, si tenéis en mente otras catedrales que conozcáis, observaréis que su fachada principal no se abre a la plaza mayor de la villa. Mas es la de las catedrales de Segovia, otra historia muy hermosa, y muy digna de ser bien contada por alguien más docto, y de más seso que este pobre comunero, que solo de servir y luchar entendió. Voy concluyendo.
Muchos años atrás, en 1353, otro noble castellano, Alfonso Fernández Coronel se rebeló contra su rey, don Pedro I. Como los comuneros, fue también derrotado, pues es cosa que suele lograr el poder, y como mi desventurado señor y otros, también aquel fue condenado a morir degollado. En el cadalso, antes de entregar su altivo cuello al verdugo, pronunció una máxima legendaria que aún hoy repetimos en Segovia y en Castilla toda a nuestros hijos. Dirigiéndose a quien le había derrotado, un general portugués, sentenció:

“Esta es Castilla, don Juan Alfonso, que hace a los hombres… y los gasta.” 

     Que no se os olvide su frase. 
     Sean sus palabras colofón y homenaje a tantos hombres y mujeres hechas en Segovia, gastadas por Castilla. No nos olvidéis.
     Ya no hablo más. Quede dicho.